Family on Tour

Viaje a Vietnam con LauretaTours ⭐

Llegada: 19 de marzo a las 12.25h a Hanoi (Aeropuerto de Noi Bai T2)

Recogida en el aeropuerto, compra de tarjeta Sim local (Viettel) y traslado al Old Quarter de Hanoi en bus

Después de un buen descanso y comer algo, primera salida a pasear por las calles de Hanoi para tomarle el pulso a la ciudad.

Hanoi (2 días)

Disfrutaremos de un free tour en español …

Este es el principio del itinerario que, a modo de “agencia turística”, envié a mis padres unos días antes de su llegada, prevista para el 19 de marzo, justo un día antes de mi cumpleaños. No podía recibir un regalo mejor! El abrazo en el aeropuerto fue de aquellos que no se olvidan… y creo que nuestro viaje por Vietnam tampoco lo vamos a olvidar nunca. 

Como veis, empezamos por la caótica pero encantadora Hanoi. Lo primero, aprender a moverse a pie por la ciudad entre cientos y cientos de motos, en taxi Grab o en bus urbano, todo vale. Lo segundo, un free tour en español por el Old Quarter por la mañana, y uno de ruta gastronómica por la noche para empezar a manejar los chopsticks, y de paso celebrar mi 48 vuelta al sol. El mejor regalo era estar juntos (como dice siempre mi yaya Julia), pero el jamón y el queso que me trajeron tampoco estuvo nada mal oye! Recorrimos las calles de Hanoi y disfrutamos de sus lugares emblemáticos, empezando a entrar en el ritmo vietnamita.

La ruta que les preparé para las dos semanas juntos incluía muchos de los lugares que yo ya había visitado antes y otros, que por parecerme “muy turísticos”, los había descartado en mi primera visita al país, pero ahora me parecía una gran idea recorrerlos junto a mis padres, convirtiéndome en su guía oficial de Vietnam por unos días y también en su traductora simultánea! ( en inglés, claro, pues de vietnamita yo tampoco entendía ni papa!).

En Hanoi contratamos uno de esos “tours turísticos” de los que os hablaba: un crucero de dos días por los islotes kársticos de la Bahía de Ha Long. Aunque el tiempo no fue muy soleado, la experiencia estuvo genial: camarote con vistas, buena comida, excursiones a playas, cuevas, una ruta en kayak cayendo agua a mares o un taller de cocina en la cubierta del barco… como no, spring rolls!

La siguiente parada fue Hoi An, una de las ciudades más antiguas y hermosas, a la que llegamos después de catorce horas en un tren nocturno… toda una aventura. La ciudad nos encantó y los días allí transcurrieron  viendo cambiar la ciudad del día a la noche, cuando miles de farolillos iluminan sus calles. Mis padres ya estaban super integrados a la cultura vietnamita y les encantaba, se movían bien por las tiendas y los restaurantes haciéndose entender a su manera, y sinó aquí tenían a su traductora!  Recorrimos la ciudad y sus alrededores, disfrutando de la playa de An Bang o visitando el Santuario de My Son, lugares también desconocidos para mí. Mi madre se fue feliz de allí con unas nuevas sandalias que le hicieron a medida en menos de doce horas.

Nos despedimos de Hoi An comiendo unas deliciosas white roses y probamos la experiencia de ir en uno de los famosos sleeping bus por primera vez durante ocho horas de camino hacia el norte de nuevo, en este caso con destino al Parque Natural de Phong Nha. Os aseguro que subir a las literas de arriba no fue tarea fácil para mi padre, pero lo consiguió y creo que lo disfrutó bastante.

A la llegada al pueblito de Phong Nha vivimos una de las anécdotas más divertidas del viaje, cuando los dueños del homestay en el que habíamos reservado nos vinieron a buscar para llevarnos al alojamiento. La sorpresa fue que venían con dos motos ¡Qué ilusos! Ellos lo tenían claro, dos irían en una moto y tres en la otra! Y así fue como mi madre y yo acabamos montadas en la moto con la señora de la casa y las mochilas! ¡Aún nos reímos ahora! This is Vietnam!

La dulce despedida

Phong Nha nos regaló días soleados en los que disfrutar del homestay a orillas del río y de su entorno natural, con sus famosas cuevas, como Paradise Cave o Phong Nha Cave, a la que llegamos en barca a través de un bonito paseo por Con River. También tuvimos tiempo para nadar en el río, descansar en las hamacas y probar la comida callejera. 

Y de nuevo en un sleeping bus ocho horitas más rumbo norte llegamos a uno de los tesoros naturales de Vietnam, Ninh Binh, un lugar de excepcional belleza por sus montañas kársticas atravesadas por un laberinto de ríos navegables. Nos alojamos en Tam Coc, un lugar tranquilo de preciosas cabañas con piscina, ideal para los días y las noches de calor del sudeste asiático. Allí navegamos en barcas tradicionales impulsadas por mujeres que reman con los pies, visitamos una pagoda en medio de un lago y subimos los 500 escalones hasta el impresionante mirador de Mua Cave, con su dragón de piedra y sus magníficas vistas, un esfuerzo que valió la pena y que más tarde compensaríamos con un buen masaje de pies!

Los días iban pasando y yo estaba feliz de tener a mis padres cerca y poder compartir este gran sueño que estaba cumpliendo y que ellos pudieran vivir esta aventura de mochileros por Asia. Tengo suerte de tener unos padres que, no solo apoyan todas mis locuras, sinó que se unen a ellas! ¡Que gran viaje en familia!

Nuestro último destino serían las montañas de Sapa, al norte de Vietnam, una zona famosa por sus arrozales en terrazas y por la variedad de etnias que allí viven. Llegamos, como no, en otro sleeping bus y nos alojamos en un precioso homestay en medio de las montañas, el Sapa’s Soul, donde pudimos convivir con una familia local, conociendo su cultura y sus tradiciones y realizando varios trekkings por los verdes campos de arroz. Las mujeres que nos hacían de guía en uno de los trekkings en los que subimos un gran desnivel alucinaban con mis padres al verlos subir sin demasiados problemas y los cuidaban como si fueran su familia, con tanto respeto y cariño que me emocionaron. También bajamos en taxi a la ciudad, a Sapa Town, a hacer algunas compras de recuerdos para la familia, y allí fue el escenario de otra gran celebración, los 50 años de casados de mis padres y también mi séptimo aniversario de vidaje, así que lo celebramos con una buena cena en un restaurante de categoría justo la noche antes de volver en tren a Hanoi. 

Y si la llegada al aeropuerto fue emocionante, la despedida no se quedó atrás. Después de dos semanas juntos conviviendo, riendo y disfrutando cada momento, llegaba el momento de decir “hasta la vuelta”, una vuelta que aún no tenía fecha. Nuestro abrazo tuvo el sabor de aquellos que dejan un nudo en la garganta y lágrimas en los ojos por la sensación de no saber cuándo sería el próximo. Los vi pasar el control de equipaje y desaparecer tras los cristales opacos y me inundó una dulce tristeza mezclada con la alegría de todos los momentos vividos.

Pero la vida sigue y mi viaje también. Pasé mi última noche en Hanoi muy cerquita del aeropuerto, comí mi último Pho en una de esas mesitas tan vietnamitas y al día siguiente cogí el vuelo a mi nuevo destino, un país al que siempre había soñado ir algún día… y ese día había llegado.

REencuentros

Volver a Laos fue como volver a casa dentro del viaje y es que hay países en los que siento que podría quedarme a vivir. Me gusta pensar que tal vez sea porque en otra vida ya viví allí y mi alma lo recuerda… Volver por primera vez en el viaje a lugares donde ya había estado activó en mí una sensación de familiaridad y de pertenencia, algo que, para alguien que está en continuo movimiento, hace que por unos días sienta que forma parte del lugar. En Laos mi cuerpo se relaja y mi alma recuerda. 

Llegué a Non Khia y dediqué un par de días a redescubrir este pueblo que tan solo fue lugar de paso en mi primera visita. Recorrí sus calles, subí a uno de sus viewpoints, visité sus cuevas, llenas de historias de guerras pasadas, admiré sus atardeceres desde el puente que cruza el río Nam Ou y cené con Sara en un pequeño restaurante compartiendo aventuras y proyectos de vida. Y de allí en barca a Muang Ngoi, mi lugar preferido en Laos y al que prometí volver. Y ahí me esperaba Dam y su preciosa familia. Me alojé en una guesthouse de su prima y compartimos varios días cocinando en su casa, comiendo en familia y paseando por los alrededores recogiendo plantas  comestibles. También compartimos cenas y cervezas a tres, pues Sara también se unió al equipo y de una de estas cenas surgió la idea de hacerme un tatuaje por primera vez, ya que ella ya había contactado con un chico de Luang Prabang para hacerse uno, así que decidí acompañarla y tatuarme LAO con el alfabeto de allí, que era a la vez mi nombre y el del país.

Y si la cosa iba de reencuentros, cuando caminaba rumbo al muelle en el río para volver a Luang Prabang, alguien me tocó en la espalda, me giré y ¡ allí estaba el chico holandés de nuevo! Llevaba días por ahí… Solo tuvimos tiempo de abrazarnos de nuevo y desearnos suerte en el viaje, pues de nuevo nuestros caminos se separaban. Así que me fui de Muang Ngoi de nuevo emocionada y con lágrimas en los ojos deseando volver y que los cambios que ya se estaban dando en el pueblo no hiciera que perdiera su esencia de lugar tranquilo y remoto donde la vida pasa despacio y sus gentes viven tranquilas. 

Salí de Luang Prabang , después de despedirme de Sara, con mi primer tattoo en el cuello y empecé la operación “cruce de frontera”, una pequeña odisea de varios y variopintos transportes (minibus, tuc tuc, moto y minivan) que me condujo de Phonsavan, a Vinh, ya en Vietnam de nuevo, desde donde me subí a un tren rumbo a Hanoi, donde ya estaban por llegar mis padres al aeropuerto para pasar dos semanas de pura aventura en su primera visita al continente asiático… ¿Nos acompañas?

VietLao

Cuando viajas sin billete de vuelta y sin un plan fijo todo puede suceder, incluso volver a lugares ya visitados para recorrer nuevos rincones o para compartirlos con personas muy queridas. Eso es lo que me pasó a mí después de seis meses de vidaje, regresé a Vietnam para encontrarme con mis padres y celebrar juntos mi 48 cumpleaños y su 50 aniversario de boda, una ocasión bien especial. Pero antes de su llegada tenía diez días que quise aprovechar para volver a mi querido Laos, recorrer las montañas del este y reencontrarme con el Mekong y con mi amiga Dam en Muang Ngoy.

Así que, desde Malasia volé a Hanoi, donde pasé un par de días aprovechando para ver el famoso espectáculo de marionetas de agua y el mausoleo del  “tío Ho”. También volví a la embajada de Laos para tramitar un nuevo visado. Un trayecto de casi 24 horas en diferentes buses por lugares ya conocidos me llevó a Luang Namtha, al este del país, donde me enrolé en un trekking de 3 días por la reserva natural de Nam Ha junto a dos viajeros más (uno español y otro israelí) y un guía bien particular con los que recorrimos bosques, selva, comunidades rurales y varios ríos, durmiendo en casas de familias locales y en plena naturaleza en una choza construida con nuestras propias manos con bambú y hojas de plátano. 

La estación de bus de Luang Namtha fue el escenario de un encuentro mágico con un viajero holandés con el que compartimos una hora de conversación bien interesante. Me compartió el libro ilustrado que había hecho y me llegó directo al corazón. El tiempo pareció detenerse para mí durante esa hora, y solo la voz del conductor de mi autobús gritando mi nombre me devolvió a la realidad. Yo me dirigía al sur, él al norte. Nos abrazamos, nos dijimos un premonitorio hasta pronto y cada uno subió a su autobús.

Mi siguiente destino, el pueblito de Houayxay, en la frontera entre Laos y Tailandia, sería el escenario de mi reencuentro con el Mekong y el punto de partida de una aventura de 2 días navegando a bordo del Slow Boat, una barcaza de madera que recorre el Mekong rumbo a Luang Prabang con parada en Pakbeng. Disfruté de la lentitud de aquel barco, observando la vida de las personas que viven cerca del río, sintiendo el aire en la cara y escuchando mi playlist preferida en mis auriculares. Esto si es Slow Travel! Y la travesía me trajo a una nueva compañera de aventuras por unos días, Sara, una artesana italiana afincada en Las Canarias con quien conecté enseguida y decidimos ir juntas a Nong Khiaw y a Muang Ngoy, donde me reencontré con Dam y con alguien más… te lo cuento en el próximo post! 

La vida entre islas

De nuevo estaba en un ferry que me transportaba a la isla de Penang, donde un taxi me llevó al vintage Old Penang Hotel de Georgetown, la ciudad más famosa de la isla, con sus muelles de casas de madera sobre pilares, cuna de los clanes chinos que fundaron la ciudad y hoy reclamo turístico, así como los murales de street art que se esconden por varias calles de la ciudad y que puedes ir descubriendo a modo de juego de pistas como una niña.

Allí me reencontré con una de las chicas con las que compartimos el trekking por el Taman Negara y pudimos compartir un par de días junto a otra chica de su hostel. Cenamos y charlamos en un veggie del centro y subimos en funicular a la Penang Hill, donde disfrutamos de las vistas de la ciudad y de un paseo por los alrededores esquivando a los monos, que a veces no son muy amistosos.

La casualidad hizo que durante esos días la comunidad china celebrase su año nuevo, el año del dragón (mi animal en el horóscopo chino), la misma casualidad que hizo que volvieramos a coincidir, y en el mismo hotel de Georgetown, con Julia y Helena, con quien celebramos ese fin de año al estilo chino, con mucho incienso, ofrendas en los templos, música tradicional y pasacalles con figuras en forma de dragón.

Pasé varios días en Georgetown y el buen transporte público me permitió explorar otras zonas fuera de la ciudad como el jardín botánico o un parque con piscinas naturales donde pasé una tarde bien fresquita en compañía de gente local que se reunía allí para disfrutar de la sombra y del baño.

Y de isla en isla y tiro porque me toca, de Penang salté a la pequeña Pulau Aman o isla de la paz, donde pasé el día haciendo tiempo antes de coger mi próximo bus a la costa este. Con una pequeña y rústica  bici recorrí un trocito del camino que rodea la islita, parándome a conversar con las hijas de una familia que hacía picnic en la playa con ganas de practicar su inglés, y me llevé de regalo una picadura de medusa y también el remedio para calmar el picor: marro de café!

Un trayecto de varios autobuses me llevaría hasta Marang, un pueblito que recién amanecía cuando llegué. De allí partía el ferry hacia Pulau Kapas, una isla que acababa de abrir al turismo después de la temporada de lluvias y un destino de turismo local de playa que me regalaría días increíbles recorriendo sus playas de norte a sur. Lo primero fue comprar provisiones pues no hay tiendas en la isla y comer cada día en los restaurantes de los alojamientos podía salir algo caro. En el mercado local me abastecí de todo lo necesario y me dirigí al fast ferry en el que llegué a la isla surcando las olas literalmente y desembarcamos en plena playa con una escalera que se movía… ¡Toda una aventura! Lo segundo fue encontrar alojamiento a buen precio, y después de preguntar en varios sitios, me decidí por el camping a pie de playa que regentaba un chico muy amable donde pasé tres días y tres noches, compartiendo charlas y cenas con otros campistas y recorriendo los senderos que entre bosques y playas me llevarían a rincones salvajes y a playas desiertas. 

Mi ruta por la costa este continuó hacia el norte, hacia la poco visitada ciudad de Kota Bharu, la más «muslim» que visité en Malasia y punto de salida del «tren de la jungla«, que en dirección sur, atraviesa Malasia pasando a través de la selva, un trayecto de tres días que recorrí feliz mirando la vida pasar a través de la ventana de un tren que, aunque ya más moderno de lo que antaño fue, seguía teniendo su magia.

Y tras varios transbordos de autobús, todos fáciles y cómodos, llegué al sur de la costa este, a Mersing, desde donde dos días después saldría el ferry a mi último destino en Malasia, la isla de Pulau Tioman.

Llegué a mi salvaje alojamiento en el sur de la isla sentada en la parte trasera de una pick up y me enamoré del lugar, mi paraíso particular en Malasia, donde los días transcurrieron entre playas, ríos, cascadas, paseos tranquilos, hamaca y hasta taller de pan casero! El humilde lodge de habitaciones de madera se convirtió en el mejor final, un lugar especial rodeada de gente increíble. No fue fácil dejar esa isla, ni tampoco abandonar Malasia, el país que más me sorprendió, pero mi vuelo a un destino ya conocido estaba por salir del aeropuerto…

  

Paredes que hablan

Retomé el viaje en solitario en Malaca, ciudad crisol de culturas fácil de recorrer a pie y en bici a lo largo del río que la atraviesa o paseando por sus agradables calles con casas de colores. Allí empecé a descubrir el street art de Malasia en algunos de sus muros, algo que se repetiría en varias de sus ciudades importantes. Más allá de ser un claro reclamo turístico, me encanta admirar esos murales vivos y sentirme como en un museo al aire libre.

La sensación de volver a estar sola en el viaje después de la visita de alguien querido es un tanto extraña el primer día pues te acostumbras a  estar en compañía y se echa de menos, pero a la vez sientes que de alguna manera sigue ahí contigo en la distancia, siguiendo y apoyando tus aventuras y que ya forma parte del vidaje.

De Malaca volví a subir hacia el norte por la costa oeste en los más que cómodos (y baratos) autobuses de larga distancia, hasta llegar a Ipoh, una ciudad un tanto decadente de donde me llevé un mal sabor de boca al sentir el acoso de un hombre en moto mientras paseaba por sus calles, algo que no pasa a menudo, pero pasa, y no es agradable. Tal vez lo mejor fue volver a jugar a descubrir el street art de sus calles, paredes que hablan y cuentan historias, y  recorrer sus alrededores, con templos y lagos a los que puedes llegar fácilmente en transporte público. Aun así, te diré que, si me pierdo, ¡no me busques en Ipoh!

La siguiente parada fue uno de los destinos top de Malasia, por muchas razones que ahora te contaré. Un fast ferry me llevó hasta la isla de Pangkor, un destino de turismo local en el que me quedaría más de lo previsto. Aunque mi idea era alojarme en un camping en la playa, éste resultó ser demasiado «expuesto» y lo que de día parecía una idea genial, de noche hizo que afloraran los miedos y tomé la decisión de ir a un alojamiento con cabañas de madera donde me sentí reconfortada por la dueña del local que entendió perfectamente mi vulnerabilidad en ese momento ofreciéndome una de sus cabañas con descuento. 

Con el nuevo día, todo cambió y disfruté recorriendo las playas de la zona en un kayak y haciendo snorkel. Por la tarde, me acerqué caminando al río donde había una piscina natural. Allí pude compartir un buen rato con un señor muy amable que estaba con sus tres hijos y después de conversar un rato, le pregunté si en la isla alquilaban bicicletas… y sabéis qué? Me dijo: Yo alquilo bicis y mañana mismo te puedo traer una a tu alojamiento. Me encantan estas coincidencias!   

Como ya imaginaréis, le di la vuelta a la isla en bicicleta, descubriendo playas, pueblitos de pescadores, templos de diferentes confesiones, muelles de madera y hasta un mini aeropuerto…  Pangkor tiene mucho que ofrecer! Y lo que a mi me regaló fue la visita de mis queridas amigas que vinieron hasta allí siguiendo mis recomendaciones. Disfrutamos del fin de semana en la isla, que se llenó de gente local y de actividades. Lo mejor fue que, sin haberlo hablado, reservaron una de las cabañas en las que yo me alojaba! ¡Qué conexión teníamos ya!

Y nos volvimos a despedir (aunque por poco tiempo) y casi «in extremis» subí al ferry que me llevaría de regreso a puerto para poner rumbo a otra isla, Penang.  ¿Me acompañas?

Malasia y su magia

Mi nuevo destino me recibía con una bebida de bienvenida en el mismo aeropuerto de Kuala Lumpur y un masaje de pies a las puertas de mi hostel en pleno centro de la ciudad, un augurio de todo lo que el país me regalaría después. Aunque no soy amante de las grandes ciudades, KL se me hizo agradable de recorrer, con su red de transporte puntual y económico, me llevó a descubrir sus famosas torres gemelas (y el parque que las rodea, un oasis natural que disfruté de dia y de noche), sus antiguos barrios de casitas de madera entre edificios gigantes y su multiculturalidad, pues en el país conviven la comunidad china, la hindú y la musulmana de forma armoniosa, haciéndote viajar a otras culturas sin coger ni un solo avión!

Dos días después llegó Inma, con su abrazo reconfortante, mensajes que llegan al corazón y los mejores manjares de mi tierra! Salimos de KL rápidamente rumbo norte en un bus super cómodo que nos llevaría a las verdes Cameron Highlands, donde alquilamos a la «rogeta», una scooter con la que recorrimos las plantaciones de té de la zona, un paisaje nuevo para mi que me sorprendió por su belleza. Los alrededores del pueblo los recorrimos a pie descubriendo varias cascadas guiadas por un perro local que nos acompañó todo el trayecto.

Seguimos ruta hacia el interior, hacia la que sería la mayor aventura juntas, recorrer el Taman Negara, una de las selvas más antiguas del planeta. Llegar a Kuala Tanah, el pueblito que es puerta de entrada al parque nacional no fue fácil… varios minibuses y una lancha de madera nos llevaron hasta allí. La guesthouse que nos acogió era perfecta, una casa grande de madera pintada de colores con habitaciones con balconcito donde coincidimos con otras dos chicas que formarían parte de nuestra expedición a la selva y con quien enseguida hicimos amistad.

Y mochila a la espalda, con el equipaje mínimo, el agua y la comida para dos días y los calcetines por encima de los pantalones, iniciamos el trekking por la selva cruzando ríos, puentes de bambú y caminos llenos de barro, durmiendo en una enorme cueva junto a un fuego donde secamos nuestras botas y compartiendo charlas y risas. Allí tuve mi primer encuentro con otras amigas que desconocía hasta el momento, las sanguijuelas, que fueron el animal más temido de la aventura, mucho más que el supuesto tigre que habita el Taman Negara y del que tan solo podimos oler su rastro… o tal vez fuera el olor a tigre que desprendíamos nosotros?!

Los últimos días junto a Inma los pasamos en la costa este, en un pequeño pueblito de playa llamado Cherating, donde disfrutamos de la playa, de buena comida local, de un paseo en kayac por el manglar y de una noche llena de magia con luciérnagas volando a nuestro alrededor, tan mágica como los días compartidos junto a una buena amiga que estuvo presente en uno de los momentos más importantes del viaje en cuanto a gestión y toma de decisiones clave y con la que sentí que se fortalecían los lazos de amistad durante y después de esa experiencia. En KL nuestros caminos se separaron y seguí la ruta, esta vez, rumbo sur y con buenas noticias que pronto llegarían…

 

Un mundo mágico entre montañas

Estrenaba el nuevo año 2024 justo en el centro de Java, en la meseta volcánica de Dieng Plateau, un lugar en el que cumplí 4 meses de vidaje rodeada de terrazas de hortalizas tan o más bellas que las de arroz en Bali. La temporada de lluvias justo empezaba y se hacía notar cada tarde, así que las mañanas eran el mejor  momento para explorar una zona de pequeños templos, mezquitas coloridas, volcanes cubiertos de vegetación y de niebla, lagos y cráteres humeantes. Las tardes en Dieng eran para descansar, leer y escribir estas líneas.

Llegar a Dieng no fue fácil ni rápido pero tuve la ayuda de un ángel que me acompañó hasta mi destino (terima kasih July), una chica que trabajaba como enfermera justo al lado del hostel en el que me alojaba, en el centro mismo del pueblo, donde el personal joven y atento se  sorprendía de que llegara hasta allí una estrangera que se movía en bicicleta por la zona.

Allí pude compartir con otros huéspedes locales llegados desde Yakarta que visitaban la zona durante sus vacaciones, ya que Dieng es un destino de montaña para los que viven en las caóticas ciudades de la isla, un lugar donde practicar senderismo, acampar y hacer rutas en moto. Para mi, un paraiso entre montañas donde hacer rutas a pie, empaparme de la vida local… y de la lluvia!

Me quedé allí más de lo previsto, hasta la noche de reyes según mi calendario,  y regresé a la ciudad unos días después, concretamente a Solo, la ciudad del batik que visité en un solo día, pues su caos contrastaba demasiado con la paz de las montañas así que decidí buscar un lugar más rural y tranquilo… y lo encontré, Gumeng, un pueblito a los pies de un pequeño templo hinduista donde, según me contaron, era también la primera estrangera que  se alojaba en la guesthouse que encontré de forma intuitiva vía Agoda. 

Cuando no llovía, salía a recorrer los caminos que rodeaban el pueblo atravesando plantaciones de patatas y berenjenas con la melodía de la mezquita de fondo llamando a la oración, algo que ya había incorporado como la b.s.o del viaje por Java. Paseando sin rumbo cierto por las empinadas calles de Gumeng,  acabé en casa de una agradable familia compartiendo risas, comida y curiosidad mútua.    

Las mañanas soleadas alquilaba un mototaxi y me acercaba a los pequeños templos de la zona, menos visitados que otros de la isla, y que para mi son mundos mágicos escondidos entre montañas, donde se siente la espiritualidad a flor de piel. Son lugares con un entorno natural hermoso y centro de encuentro de la comunidad, donde alzan sus rezos y realizan sus rituales sagrados…

Y llegó la hora de volver. Me fui de Gumeng montada en la moto de la chica de la guesthouse, que quiso acompañarme a la terminal de bus, donde, emocionada, recibí un regalo… una pulsera que habia hecho especialmente para mi agradecida por haber estado en su casa. La gente de Java no dejaba de sorprenderme.

Mi recorrido por Indonesia llegaba ya a su fin… y el visado también!  Asi que me dirigí de nuevo al este de la isla, al pequeño aeropuerto de Surabaya, para volar a un nuevo destino, a un nuevo país y a una nueva aventura viajera junto a una amiga que ya volaba desde Barcelona para reunirse conmigo en KL.

Feliz Javidad!

El año que me había visto partir hacia el este hacía casi cuatro meses ya estaba llegando a su fin y las «vacaciones de navidad» me atraparon en la cultural ciudad de Yogyakarta, más parecida a Marrakech que a Belén! A casi treinta grados y rodeada de mezquitas y palacios de sultanes, sentía que mi navidad en Java se había transformado en una «javidad». Como es costumbre reunirse con la familia para celebrar, mi familia catalana viajera y yo acordamos encontrarnos en un restaurante de cocina mediterránea en pleno centro de Yogya justo el dia de «Sant Esteve» fecha importante en nuestra tierra y donde casi lloramos al ver un plato de olivas! Fue otro de nuestros reencuentros en el viaje, para compartir vivencias y sentirnos más cerca de casa, con una sintonía que hacía que fuera muy fácil todo y que la conversación fluyera hacia temas bien profundos, sin duda el mejor regalo de navidad!

Y desde esa ciudad abarrotada de familias locales en plenas vacaciones que llegó a agobiarme un poco puse rumbo a dos de los sitios arqueológicos más importantes de la isla, a los cuales llegaría tras un corto viaje en autobús local. El primero, Prambanan, el complejo de templos hinduístas más grande del mundo, que recorrí a pie dejándome sentir en cada uno y contemplando todos los detalles de aquellas piedras con miles de años en las que revoloteaban mil mariposas amarillas como hadas danzando alrededor de las divinidades hindús petrificadas, dándoles un aspecto mágico.

Y de un templo hindú a uno budista… Borobudur, el templo budista más grande del mundo, el que, a vista de águila, representa un gran mandala, y a vista de a pie te lleva a ir ascendiendo poco a poco hacia la gran estupa central entre cientos de budas mirando al horizonte, algunos de ellos escondidos dentro de pequeñas estupas… un lugar con mucha paz en el que te quedarías a meditar largo rato sino fuera por el tiempo limitado de la visita guiada que es más exprés de lo que antaño fue cuando podías ver salir y ponerse el sol y pasear por el templo a tu manera… 

En el pueblo de Borobudur despedí el 2023 regalándome una buena cena en un buen restaurante y un ritual de agradecimiento por todo lo que estaba viviendo. Un par de días allí y una bici para recorrer los alrededores era todo lo que necesitaba para recibir el nuevo año y recordar que los sueños se cumplen cuando crees en ellos y los alimentas con el poder de tu intención y con la fe de tu corazón.

Viaje al centro de la Tierra

Seguía mi viaje por el cinturón de fuego pasando en ferry de la isla de los dioses a la isla de los volcanes, dos islas de Indonesia tan cercanas y tan diferentes.

Java, como isla de mayoría musulmana que es, me recibía con la llamada al rezo desde los altavoces a todo volumen de la mezquita de Ketapang, la ciudad portuaria donde desembarqué procedente de Bali.

La aventura empezó nada más llegar a mi hostel, pues esa misma noche ya me enrolé en el grupo que subía al volcań Ijén de madrugada para ver salir el sol desde lo alto del cràter después de bajar a las profundidades de la tierra y alucinar con la lava azul y con la fila de turistas que cual rebaño hacíamos el mismo camino!

Ketapang no parecía ser mucho más que la base para hacer la obligatoriamente guiada excursión al volcán (como tantas otras en Indonesia), pero callejeando por las calles paralelas a la principal descubrí un barrio tranquilo de gente amable que me sonreía al pasar y acabé sentada en plena calle charlando con una mujer que me invitó a café en su casa, y donde más tarde acabaríamos compartiendo conversación y unas pizzas caseras junto a mis amigas Júlia i Helena, con quien habíamos unido nuestros caminos, esta vez por unos días.

Al día siguiente partimos juntas en un tren destino a Probolingo, donde compartimos habitación en un hostel con jardín bien situado para ir a nuestro destino común, el volcán Bromo. Ellas en moto, y yo en una camioneta compartida con otra viajera francesa con demasiado mal humor, llegamos a los pies del volcán para vivir uno de los momentos más increíbles del viaje.

En plena noche, con los frontales iluminando el camino de tierra volcánica, guiadas por nuestra intuición y atraídas por la energía del volcán, avanzábamos hacia el cráter poco a poco y en silencio. Enseguida oímos un leve rugir de la tierra y sentimos cierto olor a azufre… estábamos solas y el sol empezaba a salir por el horizonte cuando, tras subir unas escaleras de piedra empinadas, llegamos a la cima del cràter y fuimos conscientes del lugar increíble donde nos encontrábamos, en el cràter de un volcán activo que rugía con un sonido constante y expulsaba una columna de humo blanco. Jamás había sentido la energía de la Tierra tan fuerte, me emocioné y sentí el poder de la madre tierra bajo mis pies inundando todo mi ser. Amaneció allí arriba y fue hermoso. Volvimos impactadas y compartimos la vivencia de cada una mientras tomábamos un buen desayuno que nos devolvió a la realidad. Regresamos a Probolingo felices y volvimos a separar nuestra ruta por unos días pero con una fecha y un lugar de reencuentro muy especial… ya os contaré!

En plenas vacaciones escolares en Java, se hizo difícil avanzar en tren (uno de los transportes que más me gustan) pues el turismo local era bien intenso y no quedaban plazas. En la estación de buses local conseguí asiento en un bus rumbo a Malang, a medio camino de Yogyakarta. Malang, ciudad colonial de curiosos mercados, me sorprendió por su historia y por las personas con las que compartí, tanto en el free tour, como en la cena con concierto callejero junto a una chica local de mi de hostel… acabé bailando con el grupo musical en plena calle ante la mirada cómplice y divertida del público!

Ya se acercaban las fechas navideñas y Yogyakarta fue la ciudad elegida para pasar mis primeras navidades lejos de casa y de mi familia, aunque ya os digo que no estaría sola…